miércoles, 4 de noviembre de 2009

la chica q ase el auto estop

Se cuenta, por la poca gente que ha logrado sobrevivir, que en una carretera al este de españa, llamada el port de albaida, las noches dnd esta se encuentra pracicamente desierta, se ve una chica con vestido y pelo largo haciendo autoestop. Se la ve indefensa y como causa pena, nadie duda en parar. La chica sube siempre en el asiento trasero, y al llegar a una curva que esta a pocos metros dice: " En esta curva me mate yo" esbozando un aterrador chillido por el cual el conductor gira la cabeza para mirarla y ve, para su sorpresa, que la chica a desaparecido. Entonces, atonito por lo sucedido, pierde el control del automovil y se desprende por el barranco.
Se cuenta que esta chica es un alma en pena que lo unico que pretende es provocar accidentes para que la gente sepa lo que ella sufrio.
No se si tendras la oportunidad de viajar por esta carretera, pero si lo haces, simplemente te dire un consejo: No pares a nadie, por mucha pena que te cause...

la puerta del sementerio






voy contar esta historia que me paso a mi y a mis amigas una noche de Carnaval.

Antes de ir con la historia quisiera decir que soy una chica a la que le encantan todo lo que tenga que ver con el miedo,los espiritus,las cosas paranormales.A mi ya me ha ocurrido varias cosas, la gente me dice que es un don que tengo porque puedo ver los espiritus y sentir buenas o malas vibraciones.

El caso es que estábamos yo, mi a
miga Laura, Vanessa, Yolanda y Patricia. Era Carnaval y en el pueblo donde veraneo hay mucha marcha, además la gente se queda a vivir todo el año.

Pues bien,ya teniamos planeado que esa noche queriamos hacer algo interesante, y pensamos en hacer la tabla de ouija. Al principio todas ibamos muy decididas pero conforme llegaba la hora más temiamos ese momento. El caso es que a las 21:00 horas salimos del pueblo con las bicis y nos fuimos a un cementerio muy, muy lejano del pueblo que está justo detras de una montaña escalofriante. Cuando llegamos aún no era la hora así que comenzamos a explorar el cementerio.

Cogimos las linternas y exploramos las tumbas. En aquel cementerio las tumbas tienen el nombre, la edad y la razon de porque se ha muerto cada persona. Estuvimos leyendo algunas y habian muchas interesantes como casos de asesinatos, suicidios...

El caso es que yo tropece con algo que estaba en el suelo. Empecé a cavar y pude ver que era una tumba enterrada
y comencé a leer enfocando con la linterna. Aquella tumba era la de un hombre que se llamaba Lucifarto, que tenia 35 años
y en la tumba ponia que la causa de la muerte es que era que se suicidó por que los espíritus se lo mandaron. Lo más sorprendente es que abajo del texto estaba el numero 666. Estaba todo oscuro, estabámos muy asustadas pero aún así quisimos seguir con el reto. Nos pusimos al lado de aquella tumba sacamos la tabla...

Invocamos a Lucifarto y nos dijo que nos fueramos y que lo dejaramos en paz. Nosotras no le hicimos caso y seguimos insistiendo, entonces fue cuando nos amenazó de muerte, rompió el vaso, la tabla salio volando... Nosotras bastante asustadas cogimos las bicicletas y nos fuimos, pero vimos que la puerta estaba ¡¡cerrada!!

¿Quién la podria haber cerrado si en ese cementerio los sábados
no hay guardia? El caso es que estabamos aterradas y atrapadas, entonces decidimos saltar. Pero tambien se nos presentaron más obstáculos, pues a mi amiga Yolanda no la dejaba salir. Estábamos ya todas fuera menos ella. No podia salir así que nos fuimos todas a buscar a mi madre y a gente que nos ayudara y a la pobre Yolanda la dejamos sola. Fue un trauma para ella y para todas.

El caso es que cuando abrimos entre todos la puerta tampoco podía salir: Entrábamos y saliamos todos, pero ella no podía. Todos estábamos bastante nerviosos hasta que mi madre cogió a mi amiga en brazos y la consiguió sacar de aquella terrible pesadilla.

Esta historia salió en el periodico del pueblo, junto a nuestra foto. Desde entonces ni se nos ha ocurrido hacer la ouija ni nos hemos atrevido a acercarnos por aquel cementerio.Cada vez que recordamos esta historia nos entra auténtico terror."







quien esta debajo de la cuna

Era una familia de solo tres integrantes, cuya única hija sufría de ceguera, como único amigo tenia un perro y este perro lo criaron desde cachorro era el entretenimiento de la pequeña la ayudaba a mantenerse ocupada en la casona donde vivía, que por cierto era una de esas casas antiguas en el centro de lima, muy oscuras y tenebrosas.

Siempre ella se quedaba dormida acariciando a su perro que también descansaba debajo de su cuna, cuando ella se despertaba por las noches por un mal sueño o por frío siempre bajaba su mano y acariciaba a su perro para sentirse más tranquila... también su perro cuando sentía lo mismo emitía sonidos muy suaves para que la niña lo acaricie.

Una noche de halloween ella quería salir a pedir caramelos, pero los padres se opusieron por el estado en el que ella sufría por su enfermedad,

Ella subió al cuarto y cerro la puerta muy molesta y maldijo al cielo por haber nacido ciega,

Esa noche sus padres tenían una reunión con algunos amigos y se quedarían acompañándolos hasta una hora prudente para después descansar.

La niña media adormecida por el sueño, escucho que su perro la llamaba debajo de la cuna, ella bajo el brazo para acariciar a su perro, lo sintió y sintió que estaba acomodandose dando quejidos pequeños pero poco comunes y siguió descansando.

A la mañana siguiente los padres entraron al cuarto y en el espejo de su cuarto encontraron pintado con sangre, sabes quien esta debajo de la cuna???

Al volver la mirada encontraron al pobre perro desgarrado y muerto debajo de la cuna.

Nunca hablaron con la niña al respecto, ni se sabe que paso con el animal debajo de la cuna ni quien le hizo eso ???.........

Y tu sabes quien esta debajo de la cuna ????

el diablo en el espejo

Bueno, aquí comienza mi relato, que le ha ocurrido a un amigo de mi amiga

Según ella estaban todos tom
ando unas copas en un bar de Oviedo, mi ciudad. Estabamos de risas y bebiendo lo normal, cuando apareció un chaval moreno, de unos 16 años, como nosotros. Pablo, uno de mis amigos que allí se encontraban, le saludó, puesto que eran amigos. Se sentó con nosotros y hablamos durante unas horas.

Al cabo de unas, más o menos, 3 horas, el tema de conversación pasó a ser historias de miedo, puesto que ya había anochecido y nos encontrabamos ahora en un botellón en un descampado. Nos contabamos historias terroríficas y acabamos realmente asustados. Entonces Safías, el chaval gótico amigo de Pablo, dijo que conocía una forma de ver al Diablo. Le escuchamos con, la verdad, una atención de cuando te cuentan un chiste. El procedimiento que hay que seguir es el siguiente:

(Textualmente)"En Nochebuena, justamente a las 12 de la noche, el Diablo hace la inspección en la Tierra, la única en el año, así que si queremos verle tiene que ser ese mismo día a esa misma hora. Vete al baño, puesto que es el lugar más propicio para realizar el evento, y cierra la puerta. Enciende 12 velas, al poder ser negras, y situate enfrente del espejo. Cuando quede poco para que sean las 12, cierra los ojos y situate, como dije antes, enfrente del espejo. Mantenlos cerrados hasta que quede solo una campanada de las doce que debe sonar. En ese segundo verás al Diablo en el espejo"

Todos nos lo tomamos a broma, pero David, otro amigo con el mayor valo que he visto nunca, dijo que lo haría sin problema. Estabamos a 20 de Diciembre, así que en cuatro días lo haría, solo pedía que hubiese un testigo, y que sería en su casa. Ese testigo fui yo.

24 de Diciembre, las 23:55. Todo preparado y nadie que nos moleste. Entró David solo, yo tengo mucho miedo a esas cosas. Se cerró la puerta y esperé sentado afuera. Las campanadas sonaron, y yo estaba al acecho de que algún ser estuviese espiando para darme un susto, pero no pasó nada. Suspiré, aliviado, y llamé a Pablo. No contestó. Atemorizado, abrí la puerta de un golpe, y encontré a David en el suelo, agarrandose el corazón. Y en el aire se olía el inconfundible rastro del azufre. Llamé a la ambulancia a toda prisa y como pude, y se lo llevaron al hospital.

Le diagnosticaron un infarto al corazón a causa de un sobresalto, una crisis nerviosa. Yo no pude dormir durante meses, hasta que fui tratado por un psicólogo. Cuando por fin David se recuperó, me dijo a mí sus primeras palabras:

"Lo he visto . . . Tengo mucho miedo"

Ahora ya he conseguido dormir, pero david no es ya el mismo. Recuperó algo de su vitalidad, pero aún se le nota muy apagado, triste. Dicen que es porque el infarto lo deja a uno mal. No fue eso: fue lo que vió en el espejo. Y estará así hasta que se muera

deir de habari


Huye de aquí, viajero. Huye de este lugar maldito que jamás debiste visitar. Ese reseco montón de huesos que ves a tus pies es la advertencia, la señal de que has llegado demasiado lejos, de que has cruzado la puerta que conduce a la locura. Quizá aún estés a tiempo: huye. Ricketts lo intentó, y, aunque no puedo asegurarlo pues su figura se desvaneció en la tormenta de arena apenas abandonó la cueva, mi corazón me dice que logró cruzar el desfiladero y llegar a la llanura de El-Arhel. No te adentres en la cueva. No te dejes engañar por los extraños bajorrelieves, no prestes atención a su historia, a su canción de muerte que lleva esperando siglos...
El resto de la expedición arqueológica de la que Ricketts y yo formábamos parte, encabezada por Sir Benjamin Morell, el famoso arqueólogo de Boston, y compuesta de otros tres hombres, llegó a esta la más desolada e inexplorada parte de Egipto con la intención de contrastar las teorías de Sir Morell. Nuestro líder sostenía que en esta árida franja de desierto entre las montañas de Deir el-Bahari se encontraban las tumbas, aún no descubiertas y con mucha probabilidad todavía no profanadas, de una dinastía de faraones antiquísima y cruel, cuyas infamias y despropósitos para con sus súbditos habían hecho que su historia se perdiese en las tinieblas de leyendas susurradas al oído de generación en generación. Sir Morell había bosquejado la existencia de las tumbas a través de decenas de viajes por la región, recopilando historias balbuceadas en oscuros patios por personajes considerados como locos y visionarios. Si logró reunir el capital necesario para tan disparatada expedición no fue sino gracias a mi apoyo ante el consejo de la universidad de Arkham, de cuyo cuerpo docente había sido yo parte durante años.
La expedición partió de Boston el 12 de Enero, en un enmohecido velero de nombre "Shelley", cuyos continuos vaivenes a la menor racha fuerte de viento ponía nervioso a la mayor parte del grupo. El viaje fue realmente tedioso. Por fin llegamos a El Cairo a principios de Febrero. Allí nos esperaba un equipo de guías nativos que ya habían colaborado con Sir Morell en anteriores expediciones. Esto no evitó, empero, que casi la tercera parte de los mismos desaparecieran en cuanto se les dio a conocer nuestro destino. El resto aceptó a conducirnos hasta Deir el-Bahari, si bien por una cantidad bastante superior a la previamente fijada. La travesía por el desierto se vio constantemente retrasada por desafortunados incidentes que no lograron, sin embargo, desanimarnos. Tres de los nueve guías egipcios desaparecieron durante el viaje, como tragados por la fría noche del desierto. Ninguno de ellos robó nada, ni siquiera provisiones o agua. Perdimos a otro guía más, así como al egiptólogo escocés Augustus Lloyd, durante una pavorosa tormenta de arena que se levantó el décimo día y que duró tres días y tres noches. De no haber sido por la habilidad de los guías para construir un improvisado refugio al pie de unas lomas de piedra caliza, abríamos sucumbido todos con total seguridad. Tardamos un día entero en recoger nuestras pertenencias, y tratando en vano de encontrar los cuerpos de los dos desaparecidos. Después de la tormenta planteamos a Sir Morell la posibilidad de desistir, pero el ímpetu en forma de brillo enfermizo que sus ojos despedían nos dio fuerzas para seguir. Tras otras dos semanas de duro tránsito por dunas traicioneras avistamos por fin el desfiladero de Deir el-Bahari, que se abría ante nosotros como una herida fatal en las montañas. El viento soplaba por él canciones siniestras cuyo significado tan sólo los guías egipcios parecieron entender, pues se negaron en redondo a seguir. Para entonces estabamos demasiado excitados con la idea de haber llegado como para preocuparnos de la irracional actitud de los guías, así que acordamos dejarles parte de las provisiones para que montaran un pequeño campamento a la entrada del desfiladero, donde debían esperar a nuestro regreso. No fue sino tras dos días más de lento caminar bajo la refrescante pero amenazadora sombra de los riscos del desfiladero que hallamos los primeros vestigios de ruinas, que confirmaban la existencia de algún tipo de construcción. Las ruinas eran poco más que piedras normales a la vista debido a la brutal erosión del viento y la arena, y habrían pasado desapercibidas ante ojos menos expertos y ansiosos que los nuestros. Poco se podía decir de la forma o función de la estructura en cuestión, pero por nuestras mentes pasaron sombras de enhiestos templos incrustados en la roca, fachadas de construcciones seguramente continuadas en grutas excavadas en la roca. Fue durante una más minuciosa comprobación del terreno que Rickett encontró la entrada de la cueva, en la pared Este del desfiladero, semi oculta por lo que parecídan ser los restos de una enorme columna. No tardamos en pertrecharnos con un improvisado equipo espeleológico y adentrarnos en la caverna. Si bien los treinta primeros metros resultaron ser bastante angostos, teniendo incluso que arrastrarnos en determinados puntos del recorrido, el techo de la gruta se elevó bruscamente al llegar a una especie de bóveda natural. Allí fue donde hicimos nuestro primer gran descubrimiento: una serie de bajorrelieves de extraña factura y espantosa antigüedad, que no encajaban en absoluto con lo hasta ahora documentado sobre arte egipcio. En vez de la rigidez y sencillez habitual de la época Tinita, fecha en la cual datamos al principio los bajorrelieves, éstos mostraban figuras semihumanas en posturas indescriptibles, seres extraños retorciéndose en un oscuro rito que no alcanzábamos a comprender. Todo aquello no sirvió sino para intrigarnos más y alimentar nuestras expectativas de realizar un asombroso descubrimiento. Los bajorrelieves parecían narrar la historia del pueblo que antaño habitó Deir el-Bahar, pues los frisos, si bien incomprensibles, insinuaban una continuidad casi lineal, un argumento evolucionante que, si bien nosotros no entendíamos, nuestro cerebro parecía empezar a asimilar. Nuestras lámparas de aceite alcanzaban apenas a iluminar un radio de tres escasos metros, pero parecía claro que los bajorrelieves se extendían largamente por la pared de la cueva. Fue así siguiendo los hechos probablemente de carácter mitológico tallados en la roca como os fuimos adentrando sin darnos cuenta en las profundidades de la gruta, cuya longitud parecía no tener fin. Creo que fue Rickett el único que se dio cuenta de que el techo se elevaba cada vez más, hasta alturas imposibles, y de que nuestras lámparas apenas ya alumbraban, no por falta de combustible sino por la extraña voracidad con la que la oscuridad la devoraba. Quizá por eso se fue rezagando del grupo cada vez más quizás por eso su mirada se enturbió con un pánico indescriptible, y quizás por eso logró escapar de aquí con vida. Cuando el resto llegamos al final de la cueva hacía ya tiempo que el charco de luz de la lámpara de Rickett se había perdido tras nosotros. Nos encontramos entonces con una pétrea puerta, cuyo marco no había sido concebido para permitir la entrada de cuerpos humanos, pues ángulos imposibles lanzados desde los casi irreconocible vértices del marco hacían pensar más bien en las retorcidas figuras de los relieves. No recuerdo con claridad quién fue el que empujó la puerta, tan sólo que ésta se deslizó sin resistencia hacia el interior, mostrando un estrecho corredor cuyo suelo estaba decorado con símbolos mareantes y sin sentido, y cuyas curvas y esquinas nos hicieron agradecer que no hubiera bifurcaciones en el camino, pues jamás habríamos sido capaces de encontrar el camino de vuelta. No sé durante cuánto tiempo vagamos por aquel corredor, con Sir Morell a la cabeza, la lámpara en alto, tratando de adivinar por fin el final de aquel corredor.
De pronto las paredes volvieron a distanciarse, e irrumpimos en lo que creo que era la cámara funeraria de los faraones que las leyendas recogidas por Sir Morell insinuaban. Solo que no se trataba de faraones. Y tampoco estaban muertos... No relataré, viajero, lo que allí vimos. No me atrevería a repetir las espantosas imágenes que fueron la muerte de los demás expedicionarios, ni a narrar mi desesperada huida a ciegas a través de la oscuridad. La expresión de mi desencajado rostro bastó para que Rickett, que esperaba al principio de la bóveda de los bajorrelieves, se desmayara. Cuando recobró el sentido intentamos ganar la salida, pero allí nos esperaba una tormenta de arena cuya violencia e intensidad superaba con mucho la que anteriormente habíamos sufrido en el desierto. No soportaba la idea de seguir en la cueva, pero la primera tentativa de salir al exterior acabó con nuestro presto regreso al amparo de la gruta, nuestros rostros sangrando debido a la terrible fuerza con que el viento arrastraba la arena hacia nosotros. Esperamos en vano a que amainase durante horas, y fue entonces cuando entre los aullidos locos del viento pudimos escuchar un sordo sonido que venía de las profundidades de la gruta. Rickett me miró con angustia, y en mi rostro encontró la confirmación a sus terrores. Rickett se adentró de un salto en la tormenta. Espero que haya conseguido escapar. Por mi parte, hice lo que la conciencia me dictaba, ya que fui uno de los impulsores de la expedición, y por tanto responsable de lo ocurrido. Con una pequeña carga de dinamita, que llevábamos por si era necesario despejar alguna galería obturada por los desprendimientos, clausuró la entrada de la cueva, quedándome yo dentro...
Que Dios me perdone, pero yo no acabaré como los demás. Espero que mi pistola aún funcione...

Una mancha en la pared

Eran ya casi las doce y media cuando yo, aún sentado en el sombrío estudio de mi casa en la playa, armado con afilada pluma y envuelto en la armadura de mi batín de paño, me disponía a finalizar mi velada creadora, apagar las lámparas de aceite que iluminaban la estancia mientras me preparaba mentalmente para caer entre los mullidos brazos de Morfeo durante toda aquella noche invernal del 16 de febrero.
Lentamente terminé de retocar con un ligero trazo de mi pluma aquél poema al que había estado dando vueltas toda la tarde. Pero, pese a tener un fuerte sentimiento intuitivo alrededor de los primeros versos, finalmente observé abatido que había vuelto a escribir uno de aquellos  poemas, entre vulgares y simbolistas, cuya fuerza estética (si es que tenían alguna) era sin duda el engañoso fruto subjetivo de mi voluntad frustrada y no de un maravilloso arranque de genialidad literaria.
Según  Juan, mi inspiración (antaño tan creadora) se había detenido en el pasado, y nada, ni siquiera un sobrehumano esfuerzo por escribir, lograría hacerla volver a mi vieja pluma. Cualquier otro se habría reído de él: hay quien dice que la poesía es sólo fruto del perfeccionamiento estilístico y de un prolongado trabajo del poeta. Por desgracia, yo soy de los que buscan una poesía más intuitiva, menos fría y más humana. Por este último motivo yo estaba completamente desanimado y terriblemente apático en todo aquello que no implicase el escribir.
Aquella repentina "falta de talento" que experimenté durante aquél invierno vino acompañada, casi simultáneamente, por un cambio de mis preferencias artísticas: ya no surgirán de mi inconsciente pluma versos entonados al amor incontenible y confuso que sentía por la vida, la vida personificada en ella... Ahora se apoderaban de mi mente pensamientos de los más negros que pueden jamás haberse imaginado. Pero estas oscuras y tenebrosas sombras que acechaban mi alma eran sólo meros atisbos de una realidad no empírica que sentía fuera de lo que llamamos Mundo, algo más allá  de lo que el ser humano puede llegar a comprender sin perder completamente el juicio.
Verdes espectros de seres escamosos con tentáculos innúmeros abordaban la complejidad de mis recuerdos, elevándose desde las siniestras  brumas de mis sueños a la parte consciente de mi memoria, como si quisieran pasar a formar parte de mi realidad.
Yo, en lugar de asustarme, me proponía con seriedad y deseo los retos poéticos que estos temas en mí despertaban, ya que se me sugerían cosas inexplicables, seres indescriptibles... Sería un enorme placer describirlos usando las emociones que en el hombre despierte el verso, unas emociones que no son descriptibles mediante meras palabras, pues el hombre no puede más que intuir estas verdades como sombras de una figura monstruosa recortándose frente a la luz de la luna.
Por eso, cuando  sueño con los seres que visitan mi cerebro por las noches, procuro estar alerta para, a la menor incidencia, despertarme; para así saber si comprendo la realidad que los compone. Sin embargo, no me atrevo a subir a mi habitación el material de escritura. No quiero que si algún día veo (o recuerdo) todo lo que en sueños se me ofrece y al despertar se me niega; sea capaz  de plasmarlo en el papel, ya que sería ese un recuerdo que permanecería imborrable por el resto de mi vida, atándome a la locura permanente del que vive el miedo.
Las lámparas humeaban apagadas, mis pies se arrastraban con pesadez hacia las escaleras angostas que llevan a la buhardilla donde solía dormir. Entonces, al disponerme a subir los escalones de madera, me volví a fijar (como cada noche inquieta que pasé en mi nueva casa) en la húmeda mancha oscura de la pared del pasillo. Aquella mancha no tenía ninguna forma definida que me pudiera inspirar temor, pero una extraña inquietud me azotaba al mirarla, como si fuese la costra superficial de la piel de algo cuya realidad se hallaba tras aquella pared... hasta tal punto llegaba mi obsesión debido a la influencia de los sueños que me visitaban cada noche.
La observé de nuevo, como hacía cada noche al subir a mi habitación y, como todas las noches, comprobé que la humedad verde que formaba aquél putrefacto dibujo en mi pared seguía expandiéndose por ella,  contaminando el blanco tabique de yeso.
Un paso hacia ella, mi mirada clavada en la desconchada superficie que abarcaba el cerco de humedad. Apartando inconscientemente la única lámpara que quedaba encendida en la casa (y que llevaba en la mano izquierda) de aquél trozo pútrido de pared. El olor agrio que emanaba  de la mancha me invadió con violencia y me hizo retroceder, según creía yo, ligeramente mareado.
Ligeramente "intoxicado" por arcadas convulsivas y por nauseas (más bien mentales que fruto de la realidad que todos entienden por verdadera) retrocedí unos pasos y, después, recorrí rápidamente los peldaños de crujiente madera que me separaban de mi ansiado lecho. ***
Ya una vez metido entre las mantas, en lugar de sentirme evadido de todo temor, como era costumbre en mí, considerando ajeno a todo aquello que sucedía fuera de mi cuadrilátero lugar de reposo, más bien me sentía amenazado, debido a que era consciente de que "aquello" de lo que provenía el líquido rezumante en la pared de la planta inferior se hallaba justamente debajo de donde yo yacía.
Mirando al techo de color oscuro, que alcanzaba a distinguir debido a la tenue luz proveniente de la luna que penetraba entre las cortinas de mi habitación, no podía cesar de pensar en lo que se encontraba bajo mi suelo, entre los bloques de ladrillo y yeso que formaban el inexistente hueco de la escalera. El frío temor de un imaginario e inminente ataque desde debajo del colchón atenazaba mi espalda, haciendo que los riñones se contrajeran provocándome un grave dolor en la zona lumbar.
Traté de conciliar el sueño, tumbándome de lado. Mirando con los ojos, llorosos de cansancio, hacia el exterior de la ventana, hacia el cielo negro dónde la luna colgaba, ofreciéndome su luz. Pero la visión de la pálida luna (casi llena) no podía hacer más que rememorar en mí los recuerdos de todas aquellas bestias que disfrutan de sus presas por la noche... y no podía dejar de darme cuenta de que la noche, aunque implique el descanso de lo humano, no deja de ser el día para monstruos innombrables capaces de cualquier atrocidad.
Todos mis pensamientos me inquietaban. Llegué a sobresaltarme del propio tacto del pijama, incluso de mis sábanas, húmedas por el frío sudor, símbolo del miedo,
Tras algunas horas (que quizás fueron minutos, pero que la eternidad del pánico convirtieron en siglos) de oir un impertinente  goteo en el piso de abajo, ya advertido por mí desde el primer día, pero que nunca había merecido más consideración que lo meramente rutinario, sentí que me volvía loco. Esperaba, mirando hacia la inmóvil puerta, que ésta se abriese dejando franco el paso a la innominable criatura que vivía bajo mi escalera.
Me levanté, con miedo de poner los pies sobre el marmóreo y frío suelo, y me dirigí hacia la ventana, abriéndola y sacando mi cabeza al frío ambiente nocturno. Me tranquilicé bastante al ver las blancas nubes corriendo suavemente bajo el albo satélite lunar, al oír al grillo, cantor de la noche, cuya canción puede llegar a exasperar al durmiente frustrado, pero que a mí me devolvió a la realidad que estaba a punto de perder por siempre.
El aire fresco me sentó muy bien, la cordura se volvió a adueñar de mi persona, desterrando a la locura intuitiva que había exagerado hacía tan poco rato, debido a mi espíritu extremadamente emotivo y exagerado. La soledad que me acompañaba desde el día que compré el caserón hacía que mi imaginación volase alto y en torno a lugares que jamás habría querido yo, voluntariamente, visitar. Pero ya estaba todo en paz de nuevo. ***
   Al entrar de nuevo en mi rancia habitación, la desesperación y el desaliento me aplastaron bajo un peso sobre mis hombros y mi alma que me hizo caer, inerte, al suelo. Aquello existía, la puerta estaba entreabierta, y la maligna entidad que permanecía junto a los peldaños de madera, emparedada desde hacía innumeros años, dejaba ver un reflejo de su corrupta y leprosa alma, bajo la forma de una neblina color mostaza que ascendía de debajo de la cama en forma de pútridas volutas de humo cuyo amargo olor se me hacía insoportable.
Entonces, en un arranque de furia provocada por mi locura, bajé a la planta baja, pasando sin volverme junto a la monstruosa mancha de la pared. Entré, con la lámpara de aceite que portaba en alto, en el trastero donde guardaba todas las pertenencias olvidadas por el anterior dueño de la casa, y, no encontrando ningún pico ni martillo lo suficientemente grande, agarré un hacha roma, vieja y rojiza por el óxido, volviendo hacia las escaleras, fuente y fin de mis temores más profundos e incomprensibles.
El primer golpe descargado por el filo viejo sobre el yeso, que saltó en pedazos blanduzcos, rezumantes de un verdoso limo, hizo que la cabeza del hacha  se hincase en la pared... y al sacarla de su aprisionamiento, un tufo  agrio (como el de la leche pasada) inundase todo el corredor.
Mareado por la vaharada del pútrido aliento de la pared, y exaltado por mi febril estado, continué descargando golpes al tabique, que en lugar de despedir  trozos compactos de yeso carcomido por el impacto del pico, empezó a supurar grandes cantidades de verde y denso líquido que empapaba el suelo y salpicaba las paredes.
No se cuánto tiempo permanecí golpeando la infecta muesca hecha por mí en la pared, pero con el esfuerzo de mi mente enferma  logré abrir un agujero en ella de, más o menos, el diámetro de mi cabeza.
Fui a asomarme por el negro boquete rodeado de chorreantes babas y algunos gusanos interceptados por mi hacha durante su trayectoria por el yeso. Pero cuando acerqué mi rostro al agujero una vaharada de fétido aire invadió mis fosas nasales, provocándome un terrible shock. Caí contra la pared del pasillo magullándome el hombro izquierdo.
Pero en aquellos momentos no sentí ningún dolor, mis sentidos se hallaban saturados por el aullido de mis lacerados pulmones, quemados por aquél corrupto aire...
En aquél momento miré de nuevo el agujero... Jamás podré describir, ni en el más melancólico poema -por muy tenebroso e inquietante que éste sea- la parte de la figura que asomó durante aquel breve instante por el otro lado del improvisado vano, para después retroceder, dejando que aquello que chorreaba por las paredes de la sala volviese a cubrir el agujero: ventana hacia un mundo exterior que aquél recluido ser parecía preferir ignorar por el momento.
Ahora me encuentro tumbado en una cama del hospital situado a las afueras del pueblo, hospital que tantas veces divisé desde mi buhardilla durante los s días claros, tan escasos en aquella comarca costera. Recuerdo aquella noche de incomprensible locura e irremediable temor. Nadie, si siquiera los médicos que me encontraron en aquel estado casi catatónico, me quieren explicar cómo me hallaron y la situación del pasillo de mi casa...
Ayer, un colega de profesión y gran amigo me comentó que, cuando él llegó a mi casa, la pared que yo le indiqué por señas olía a yeso fresco y aún estaba blanda, evidenciando alguna reciente obra. Esto es prueba de que aquello  existe, y yo volveré a la casa para derruir esa pared y desvelar ese ente que garantizará atemporalmente una inagotable inspiración por el resto de mis días...

la sombra del lago

La historia que cuento en este viejo cuaderno (que ya estaba en un penoso estado cuando lo encontré a mi lado nada más despertar) puede no ser creída jamás por nadie, o puede que quien la encuentre la deje, horrorizado, en el mismo sitio donde la encontró. Tal vez este amasijo de hojas amarillentas no será encontrado jamás por nadie (si es que queda alguien para poder hacerlo). Pero yo tengo que escribir estas palabras... lo he de hacer porque es el único medio que se me ocurre para purgar las culpas de mi atormentada consciencia: No pude parar aquello que pasaba en este pueblo y solamente puedo intentar avisar a los demás de la maldad que aquí impera.
Puedo jurar que he sido testigo de extrañísimos ritos, algunos de los cuales son anteriores a la venida de los propios romanos, pero jamás he visto ninguno que lo fuese tanto como el que presencié en el pueblo de Satoigne, ni ninguno tan terrorífico como el que (por desgracia) conocí aquí.
***
El tren traqueteaba por entre el montañoso bosque plagado de resistentes coníferas de un verdor vital (pese a que estábamos en Otoño) y también de otro tipo de árboles que mostraban su debilidad con el enfermizo color de las efímeras hojas que aún no se había llevado el viento. La ventana del compartimento era el único medio que me permitía huir de la incómoda situación que se daba en mi vagón.
Todo parecía marchar bien con mis compañeros de viaje al comienzo del trayecto, pero cuando pasamos de largo la última estación, los pasajeros que ocupaban los demás asientos del compartimento empezaron a mirarme con una escrutadora curiosidad que me incomodaba bastante.
Ahora sé porqué...
Aquellos viajeros: dos hombres y una mujer vestidos al estilo de los labradores de final de siglo, iban al mismo sitio que yo. Lo supe entonces porque en el programa de la estación no había ninguna parada más después de la mía (donde el tren cambiaba de dirección de vuelta a la ciudad). Entonces me fijé en ellos, piel curtida por los elementos (cosa que evidenciaba su trabajo en el campo) pero cuyo tono de palidez, aderezado con la cualidad casi transparente de la piel de su cuello (el cual parecía querer mostrar al mundo el color de sus venas) te hacía inclinarte hacia pensamientos de sospecha e intranquilidad. Además, era increíble la oscuridad casi anormal de sus ojos y el parecido de sus rasgos.
Al mirar sus rostros, que incluso podrían haber pasado por afables si no fuese por aquellos crueles ojos que rompían cualquier posibilidad de encanto, con su expresión casi acusadora, recordé la mirada de reproche de mi padre cuando de pequeño hacía alguna jugarreta. Pero no... la mirada de mis fortuitos compañeros de viaje era mucho más seria... como si la jugarreta hubiera dejado de serlo y se hubiese convertido en un crimen.
Aquella forma de mirar me obligó a volver de nuevo al refugio que suponía la contemplación de las "siempre" vivas hojas del abeto y de esos otros pelados árboles que surgían de la tierra como si se tratara de los postes telefónicos de mi ciudad.
El resto del viaje lo pasé mirando estas cosas propias del paisaje de montaña al que yo estaba tan desacostumbrado, y no moví la cara de la ventana hasta que llegamos a la estación ferroviaria de Satoigne: A veces, pensaba yo entonces, es mejor no hacer caso de ciertas actitudes... pero de ningún modo podía yo dejar de ponerme nervioso, porque notaba los ojos de los tres, clavados en mi nuca todo el tiempo.
Cuando se detuvo el tren fui más que rápido en bajar. Salí del compartimento sin girar la cabeza para despedirme de aquellos extraños: no quería tener que volver a ver aquellos ojos. Y no lo haría (o al menos eso esperaba yo).
Cuando dejé atrás las escaleras de hierro que bajaban desde el piso de madera del tren estaba bastante alterado. Pero mientras iba hacia el departamento postal (donde había quedado con mi primo Gerard) la preocupación fue diminuyendo hasta que llegué a pensar que lo que yo advertía como un comportamiento extraño y casi hostil no había sido más que una repentina paranoia mía.
Cuando llegué a la puerta del "Departamento de Correos" ya casi me había olvidado de todo aquello.
Dejé mi equipaje en el suelo y traté de encontrar a mi primo entre la gente. Me sorprendí al ver tanta gente en la pequeña estación de aquél pequeño pueblo que siempre había sido Satoigne. Pero el hecho de que el margen de la vía estuviese lleno de personas cargando largas piraguas en el vagón de equipajes me tranquilizó: Las carreras en el "Lago de Satoigne" eran de sobra conocidas en toda la región.
Mientras yo esperaba, el tren se puso en marcha, lleno de gente que haría el viaje de vuelta, pasando por las estaciones que yo había dejado atrás. Ojalá hubiera estado yo subido entonces en aquél tren...
Entonces le vi, corriendo entre el resto de la gente que había quedado en la estación y que ahora miraban el tren repleto de la gente a la que habían ido a despedir.
- ¡Eduardo! - me llamó Gerard al tiempo que esquivaba a un funcionario de correos cargado de paquetes.
Sonreí y levanté los brazos para que se diera cuenta de que ya lo había visto.
Entonces me acordé (como hago ahora) de nuestra infancia y de cómo nos habíamos ido separando todos a lo largo de los años, para vernos sólo de vez en cuando en algún acto señalado (como en el funeral de la abuela).
Tras el reencuentro, cogiendo una maleta cada uno tomamos el camino hacia "Nuevo Satoigne", que era la zona donde vivían mi tía y sus hijos. Una bonita zona de caserones ideales para pasar el verano y los comienzos del otoño, que había sido edificada tan sólo unos veinte o treinta años atrás.
Me di cuenta mientras comenzábamos a andar que el municipio estaba dividido en dos: las tierras más planas y cercanas al lago (es decir la parte del valle), que formaban el "Viejo Satoigne", con casas viejas y calles estrechas (como las de los barrios judíos del medioevo); y por otro lado las tierras más elevadas, donde no había ninguna huerta demasiado grande ni nada de eso, conformaban estas tierras una zona plagada de árboles y de enormes casas que casi podríamos llamar mansiones. Desde la estación de trenes se veía la parte baja del pueblo y, mirando aquellas huertas y aquellas viejas casas grises me acordé de pronto de los tres labradores que me habían acompañado durante parte del trayecto.
Entonces, un presentimiento se introdujo en mi cabeza. Me volví a mirar hacia las vías del tren... allí estaban los tres, de pie, con sus vestimentas inmóviles (pese a que el viento soplaba con cierta fuerza y el frescor típico de la montaña por esas fechas).
Allí permanecían mirando como andaba al lado de mi primo... y su mirada me recordó de momento ciertas pesadillas de mi infancia, porque aquellos ojos que antes eran fríos e inquietantes ahora estaban teñidos con un tono de maligna crueldad.
El sudor frío característico del miedo incontrolable me acompañó todo el camino hasta la casa de Gerard.
***
La cena de aquella noche en casa de mi tía me tranquilizó bastante, pero no pude quitarme de la cabeza el recuerdo de aquella mirada. No es que sea supersticioso (al menos no lo era... antes) pero los hechos sucesivos que constituyeron aquél día de viaje me afectaron de manera que no podía dejar de tener, si no miedo, si una cierta sensación de inquietud.
Pese a la alegría de mi familia, era consciente de que algún tipo de sombra se cernía sobre aquél pueblo, y tal vez sobre mí también. Pero la última cosa que yo quería hacer era preocupar a mi tía con problemas que parecían ser malas pasadas de la mente, y sobretodo cuando el motivo de mi visita era la todavía reciente muerte de mi tío Gerard.
Así que me fui a dormir temprano, acompañado por mi primo...
- Procura pasar buena noche ¿De acuerdo'?
- Descuida. Buenas noches.
El sonido de la puerta de madera... Me pareció como si viniera de afuera de la habitación... de la parte exterior de la ventana que por el día dejaba entrar la luz a la estancia pero que por la noche se convertía en un cuadro de la más detallada negrura que existe en el mundo. Las paredes de la habitación de invitados estaban muy bien empapeladas, con un decorativo motivo a rallas blancas y granates que seguramente hacía mucho tiempo le daba al lugar un cierto tono de distinción, pero que ahora ofrecía una sensación de vejez y solemnidad remarcada por las grietas añadidas por la humedad y el tiempo.
Me puse a pensar en lo viejo que debía ser el pueblo... al fin y al cabo la casa de mi primo (que fue una de las primeras en construirse) no debería tener más de treinta o cuarenta años... Entonces, ¿Cuántas grietas deberían haber en las paredes de yeso y fango del Viejo Satoigne?
Con aquél desalentador pensamiento me decidí a meterme en la cama, cuando de repente creí sentir un fuerte (si bien corto) resplandor que venía de afuera. En lugar de ir apresuradamente hacia la ventana, decidí apagar la luz (una pequeña lámpara de aceite que me dejó Gerard) y sentarme frente al cristal, que, pese a ser transparente parecía negro como el tizón.
La segunda vez que la luz atravesó el cristal, rompiendo la oscura paz del interior de la habitación, no me lo pensé dos veces. Abrí la ventana con más bien poca delicadeza y saqué medio cuerpo al frío de la noche: con la pierna derecha tratando de aferrarme al piso de la estancia y con el pie izquierdo tanteando la pared en busca de cualquier grieta que me permitiera afianzarme para comenzar a bajar por la cañería. Aunque ésta estaba algo vieja y pese a lo fría que estaba (tanto que las manos comenzaron a dolerme) conseguí aferrarme a ella con seguridad y bajar hasta el suelo.
***
Sombras... todo lo que alcanzaba a ver eran sombras: sombras de árboles, la inminente sombra de la casa, sombras de piedras en el camino... Pero destacando por su antinatural oscuridad entre aquellos débiles reflejos de luz, había una figura en pie, en medio de ningún camino de ningún sitio, pero que saturaba mi atención.
Sin saber muy bien porqué me dirigí hacia donde (no) estaba aquella figura, y ésta empezó a moverse hacia un sitio que yo no podía intuir pero, y sin saber cómo me dediqué a seguirla. Más tarde me di cuenta de que la sombra no era más que un efecto de mi imaginación (una falsa proyección emitida en mi cerebro y que me había engañado a mí mismo) y recordé las leyendas sobre los fuegos fatuos del pantano: Los guías de la muerte. Pero una sensación de seguridad muy fuerte sustituyó a la sombra en el papel de guía, y entonces me di cuenta de que había algo (o alguien) que quería que yo llegase hasta un sitio hasta el que yo ansiaba (sin saberlo) llegar.
Como una mancha gris en medio de un cuadro negro pasé por entre las vías del tren. Mis pies hacían crujir las piedras entre los raíles, y mis nervios aumentaban según me iba acercando a mi destino.
Allí, a la pálida luz de la luna llena, que se asomaba tímidamente entre las nubes que cubrían el cielo, estaba el pueblo de Satoigne... la villa que siempre había sido Satoigne, no aquél conjunto de casas casi nuevas edificadas en la falda de la montaña.
Al fijarme, vi luz en el interior de una de aquellas casuchas rodeadas de pútridos huertos de salud un tanto dudosa. Al acercarme me arrastré sobre la húmeda tierra de una de aquellas zonas de cultivo (que, curiosamente, no parecía haber sido trabajada desde hacía años) y conseguí llegar junto a la ventana de donde venía la temblorosa luz, arropado por las inescrutables sombras del huerto.
Se escuchó el quejoso gemido de una puerta vieja abriéndose en la casa. Una débil luz amarillenta y más bien tenue invadió parte del patio trasero (donde yo me encontraba entre las plantas) llegando a lamer la leprosa superficie de las hojas más cercanas a la casa. Lo que me obligó retroceder hasta donde las sombras me permitían pasar inadvertido. Entonces, un grupo de gente, vestidos de labradores, pasaron frente a mi escondite arrastrando los pies.
Cuando el primero de ellos se acercó lo suficiente lo escuché: un murmullo callado en sus labios, una canción entonada en voz baja que no había sido inventada ni entonada jamás por ningún ser humano corriente, una canción antigua como las estrellas que te hacía rememorar la oscuridad y la más muerta quietud que se puedan imaginar. Los demás también entonaban aquél son, con los ojos muertos y perdidos; con los rostros impasibles, como si no existiera nada de interés en lo que los rodeaba. Entonces pensé que tal vez no hacía falta esconderse, que tal vez ni siquiera mirarían... pero el miedo que me estrujaba el corazón no me dejó ni la opción de plantearme comprobarlo.
Aquella tétrica procesión caminó entre árboles grises que a la luz de la luna parecían muertos, entre grises piedras, entre arbustos grises... Siempre entonando su canción (que sin embargo nunca era la misma). A medida que nos acercábamos a nuestro objetivo ésta era cantada con mayor fuerza y convicción por los componentes de la marcha. Llegó un momento en que mis piernas temblorosas casi no podían caminar, ojalá me hubiese detenido y hubiera perdido de vista a aquél estrafalario grupo.
Pero seguí, continué persiguiendo la pequeña luz por la que se orientaban (aunque ahora dudo de si realmente necesitaban orientarse) hasta percatarme del sitio adonde se dirigían los pasos del guía del grupo. Me hice consciente de pronto del impresionante olor a humedad y de la leprosa putrefacción que invadía el bosque cuando pasábamos, una putrefacción reflejo de la esencia oscura y enfermiza de los "hombres" que iban delante de mí.
Súbitamente, como por la existencia de una acantilado inexistente, el imaginario camino que seguían los miembros de la procesión se cortó. Y todos los enlutados habitantes de Satoigne se detuvieron en el linde mismo del bosque, justo en el lugar donde el suelo era ya de arena blanca... en la orilla del profundo y oscuro lago de Satoigne.
Me di cuenta en ese preciso momento de que los hombres y mujeres que había seguido estaban casi totalmente rígidos, cosa que no me sorprendió demasiado porque me había fijado en su forma de caminar, con pasos arrastrados y evidenciando una descoordinación que, fuera del tétrico contexto de su alrededor, habría parecido incluso cómica. Pero su estática posición me ponía nervioso, y entonces pensé cuan estúpido había sido saliendo de la casa sin avisar a nadie (y más siendo mi objetivo seguir a estos pueblerinos en su paseo por el bosque).
Las figuras que más cerca estaban de la orilla, lamida por olas que antes no había advertido, sacaron algo de entre sus ropas para después lanzarlo lo más cerca posible del centro del muerto estanque.
Aquél lago no había tenido nunca pesca (que yo supiera), pero en aquellos momentos el agua hervía como si hubieran miles de salmones alborotando su superficie. Las repentinas olas que se alzaban a más de medio metro de altura desde el centro del lago me hicieron sentir un miedo y una sensación de monumental antigüedad... el lago negro en el lecho del valle y la luna blanca en lo alto, redonda, hoy como hace miles de años al comienzo de la tierra...
Cuando la última mujer se disponía a lanzar el correspondiente (sacrificio) objeto al lecho del lago creí ver algo a la luz pálida del satélite lunar: una advertencia que la reina de la noche me dedicaba para que no me acercase más a aquella gente ni a su pueblo... En el momento en que la mujer alzó su mano aferrando aquello, un reguero de sangre ennegrecida bajó por su pálido antebrazo descubierto, perdiéndose bajo la manga derecha de su vestido.
Sacrificio...
Entonces me di cuenta del cruel hecho que antes no había querido ver, ahora tomaba consciencia de que aquellas personas no iban al bosque para recoger setas... y yo estaba en medio de aquel rito, tal vez satánico, que osaban realizar en el pueblo desde Dios sabía cuando.
Pasada la locura inicial (fruto de no sé qué posible influencia mental) decidí volver a casa de Gerard...
Un sentimiento de miedo añadido al nerviosismo que me causó percatarme de mi situación me dominó.
Ya decidido a marchar hacia la parte alta de Satoigne, miré durante un ínfimo instante al lago. Ya se había calmado y estaba libre de todo tipo de olas o irregularidades en su superficie, que ahora permanecía estática y completamente lisa. La sensación que invadió mi mente destruyó de pronto toda la coherencia empírica que antes de aquella noche me caracterizaba: la certeza de mi infinitamente minúscula importancia frente al enorme océano que representaba el mar interminable del tiempo. La sensación de ser observado por la antigua luna, que ya estaba allí arriba mucho antes de que el hombre caminase completamente erguido, incluso antes que los dinosaurios caminasen por donde ahora se alzan ciudades como París o Barcelona.
Pero en aquel momento, mientras yo miraba aquel ancestral lago, sentí un ruido similar al que haría alguien arrastrando los pies detrás de mí...
Después de perder completamente la consciencia caí en un sueño intranquilo, con una sensación de vértigo que aún hoy, mientras escribo en este amarillento papel, persiste en mi cabeza. Era como si me viese cayendo en el remolino incesante del tiempo, recorriendo con mi inconsciencia el pasado: tratando de llegar a un momento y a unos recuerdos tan impactantes que luchaban en el Todo por ser comunicados.
***
Temblaba. Aquella noche hacía frío. Sabía que era de noche porque la luz del sol no se reflejaba en las piedras del fondo del río. Pero yo ya no miraba nunca al lecho de arena y piedras redondas, yo, y los compañeros que nadaban conmigo, tan sólo teníamos ojos para mirar hacia delante, hacia aquel destino tan incierto (pero que tan fuertemente nos atraía). Un destino para llegar al cual remontábamos el río saltando, y luchando contra la fuerte corriente... corriente que procedía del lugar que nosotros ansiábamos alcanzar.
Algunos de los que nadaban a mi lado al comienzo del viaje ya habían muerto de cansancio, pero eran muy pocos y ya los habíamos dejado atrás, ya no eran más que un nebuloso recuerdo ya no importaban...
No recuerdo demasiado bien esta parte del sueño, pero me sorprendió mucho el hecho de que no podía comprender la realidad como un ser humano, sino que simplemente tenía en la cabeza un almacén de imágenes, de recuerdos aislados y distanciados por una oscura bruma... Sólo importaba nadar, nadar hacia delante, hacia arriba y siempre contra corriente.
La corriente, que cada vez era más débil, me resultaba bastante agradable... Nadar contra corriente era el ejercicio que ansiaba realizar, parecía como si hubiese nacido y crecido para hacerlo bien en aquel momento de mi vida... Lo que no me planteaba mientras recorría el río dulce y vivo que constituía mi camino era la posibilidad de no tener adonde ir después de haber alcanzado mi meta.
El agua del río era clara, totalmente clara y cada vez más fría... pero al pasar determinada ensenada sentí una afluencia diferente, más cálida pero con un sabor de estancamiento que me desagradó al momento... si bien a pesar de que el agua que provenía de aquél sitio donde el suelo sería tan insalubre me repelía bastante, traté de encontrar el origen de la corriente: el pútrido afluente que traía esa agua a mi río.
Entonces, tras un dique de cañas y madera (que dejé atrás con un potente salto, arriesgándome incluso a caer fuera del margen fluvial) encontré el lago, en el que me hundí como una piedra tras mi corto vuelo.
El agua allí estaba teñida de un ligero tono mostaza, y numerosas partículas de algas muertas invadían el volumen líquido (mortífero para mis branquias). Comencé a sentirme muy mal, las aletas no hacían caso de lo que mandaba mi cerebro y noté cómo mi piel perdía consistencia e iba despegándose del resto de mi cuerpo... de los tendones y de los músculos, dejándome progresivamente "desnudo" entre las aguas pútridas que me rodeaban.
Dejé de nadar, solamente podía dejarme llevar por las caprichosas corrientes, tan leves como caricias empalagosas... como las caricias de la muerte.
Durante mi vagar entre restos de algas, y sobre las muertas plantas amarillentas que tenían aquél tono enfermizo tan característico del clímax del lago, seguí notando la precipitada degradación de mi ser. La verdad es que no dolía, como si hubiese nacido para tener un final similar a aquél, pero estaba perdiendo la vida demasiado rápido, y algo en mi instinto interior me decía que eso no era normal... Mis ojos se abrían cada vez más a pesar de no ver casi nada, me quedaba ciego, pero mi soñada enfermedad no me iba a librar de ver, entre las deformaciones de una ¿niebla? antinatural, la horripilante figura de aquel ser.
Aquello estaba rodeado por una especie de tinte de color mostaza apagado, como si de ese cuerpo muerto que alguna vez "caminó" sobre la tierra se desprendiese toda la peste y putrefacción que correspondía a ese ser: ese ser que, pese a estar muerto, no lo estaba y que aunque estuviese ahogado siempre respiraría.
La indescriptible figura de aquél ente era completamente horrible. Recorriendo la "bruma" amarillenta (sin quererlo, pero sin poder evitarlo) descubrí detalles del monstruo - dios del lago que jamás cualquier humano podría representar en palabras... porque no hay palabras para narrar lo indefinible, no para aquello que no debiera existir en ningún lugar de nuestro cosmos.
Vi los tentáculos (si se puede llamar así a los apéndices orgánicos que surgían de su cuerpo) que surgían de entre las muertas algas (las cuales o bien estaban muertas o bien formaban parte de la dimensión material de ese monstruo), la escamosa piel del dios del lago, corruptos tubos cuales venas grises que eran balanceadas por las decrépitas aguas del ancestral estanque.
Y admiré, con notable repugnancia, miedo y humildad, a la figura muerta del lecho del lago... cuando, de pronto, en el lugar más insospechado, se abrió un negro ojo sin color ni luz...
***
Me desperté aquí, en la habitación donde ahora estoy recostado contra la pared, una pared vieja, gris y repleta de manchas verdes de humedad. Aquí tomé consciencia de que no estaba muerto y de que todo aquello había pasado (incluido el sueño, que no era tal, sino que eran recuerdos de alguien o algo pero que ahora formaban parte de mí de igual modo que mi infancia y todos mis restantes recuerdos).
Ahora miro por la ventana de esta habitación y reconozco (aunque con cierta dificultad) el lugar donde me encuentro: el mismo sitio que siempre fue y siempre será Satoigne (pese a que no se vea ya la vieja villa). Ahora no queda ningún huerto, ni gente, y del pueblo nuevo solo se advierten restos de edificios, mientras que el valle ha desaparecido por completo.
Incluso han desaparecido las montañas. Y todo lo que ahora puedo ver desde la ventana es una serie de colinas arenosas donde antes habían rocas y afilados picos.... Un desierto (seguramente milenario) coronado por un sol frío, violáceo, que no tardará demasiado en extinguirse. Pero en medio de la escena que contemplo desde este vano sin cristal que antes formaba parte de una vivienda humana está el lago de Satoigne, en el fondo del cual aún hoy vive en muerte la entidad que duerme soñando el día en que volverá a caminar de nuevo...
Ahora tengo frío y supongo que lo que ahora veo son alucinaciones, productos de mi locura... Pero aunque sé que digo la verdad al decir que nadie vive ya en estos parajes (ni en ningún lugar de la tierra) aún espero que alguien encuentre lo escrito en este viejo, podrido y húmedo cuaderno.